22 Jul
22Jul

“y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.”
“Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.”

 Lucas 15:12-13, Lucas 15:30-32

La parábola del hijo pródigo es la imagen más pura del amor, la gracia y la misericordia que Dios tiene para con nosotros. En este conocido relato de Jesús, el hijo menor de un hombre, pide su parte de la herencia y deja su hogar para vivir su vida como le plazca. Lo pierde todo, y después de pasar hambre, decide regresar a la casa de su padre, no como un hijo, sino como un empleado, ya que ya no se siente digno de ser tratado como un hijo. Y lo que nos cuenta la historia es que su padre, ignorando todo el mal que ha hecho, lo recibe con los brazos abiertos, como a un hijo y no como a un empleado. La parábola no termina ahí. El hijo mayor regresa de trabajar en el campo y se da cuenta de que hay una fiesta. Le pregunta a uno de los siervos qué pasa y este le cuenta que su hermano había vuelto y que el padre había organizado una celebración. El hijo mayor se enojó. No podía entender cómo el papá hacía esa fiesta en honor de su hermano derrochador e insensato, mientras que a él, que había permanecido trabajando las tierras a su lado, nunca le había dado ni un cabrito para festejar con sus amigos. El padre sale de la fiesta para pedirle a su hijo mayor que entre, pero él no quiere. El papá intenta tranquilizarlo, le explica que todo lo que tiene ha estado siempre a su disposición, pero que era importante celebrar la llegada del hermano «porque este hermano tuyo estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado» (v.32). 

El padre entiende la reacción de su hijo mayor, pero no permite que empañe el gozo que siente por el regreso de su otro hijo. Así de fuerte es el gozo que Dios siente cuando venimos ante él arrepentidos. ¡En el cielo hay fiesta cada vez que un pecador se arrepiente! Dios es un padre amoroso que espera pacientemente a que nos demos cuenta de nuestros errores y que reconozcamos que lo necesitamos en nuestras vidas. Él nos espera con los brazos abiertos. Nos recibe, nos perdona, nos restaura como hijos suyos y llena nuestra vida con su perdón y su amor.

No importa en qué te has convertido, no importa lo que hayas hecho. Ya no mires atrás, recibe el perdón y el amor de Dios y al abrigo de su infinita GRACIA, REGRESA A CASA EL TE SIGUE ESPERANDO . No importa lo que hayas hecho, no importa en qué te has convertido. PAPÁ DIOS te espera con sus brazos abiertos.

El Señor te dice ¡Ven a mis brazos que te estoy susurrando! Deja que yo con mis manos te vuelva a hacer, que repare tu corazón pieza por pieza. No te digo que el proceso no será doloroso, pero si te digo que serás renovado, limpiado, purificado y restaurado. Y volverás a sentir ríos de agua viva fluyendo por todo tu ser. Cantarás de tanta alegría. No me rechaces más. Deja lo que estás haciendo, traspasa lo que te estorba llegar hacia mí y ven a recibir todo este amor puro que tengo para entregarte.

Cuando Me escuchen llamándolos ¡corran! ¡Corran lo más rápido que puedan y todas las distracciones no serán capaces de agarrarlos porque Yo les he dado la velocidad de la luz en su corazones para sobrepasar y saltar cada obstáculo. El fuego santo en sus huesos evitará cualquier tropiezo o voz que quiera alejarlos de Mi. Escuchen, y corran cuando Yo les diga ¡corran! Ustedes se encontrarán con el centro de Mi corazón, en la Casa de Su Padre. Y Yo estaré esperándolos. Dice el Señor. No se preocupen. Confíen en Dios y confíen también en Mí. En la casa de mi Padre hay lugar para todos. Si no fuera cierto, no les habría dicho que voy allá a prepararles un lugar. Juan 14:1-2

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