27 Oct
27Oct

No te entremetas con el iracundo, Ni te acompañes con el hombre de enojos, No sea que aprendas sus maneras, Y tomes lazo para tu alma. 

Proverbios 22:24-25

Dios nos diseñó para vivir en comunidad y comunión fraternal, pero la amargura puede dañar nuestras relaciones con los demás, especialmente aquellos que están más cerca de nosotros. Los niños, por ejemplo, aprenden a manejar las situaciones de la vida al observar el ejemplo de sus padres, lo que influye en su actitud y comportamiento.

Proverbios 22:24 nos advierte sobre los peligros de involucrarnos con personas iracundas y resentidas. La ira no solo afecta a nivel individual, sino que también puede tener un impacto negativo en nuestras relaciones y transmitirse de una persona a otra, incluso de una generación a la siguiente.

Afortunadamente, Dios tiene el poder de transformar los corazones. Así como podemos aprender patrones de comportamiento negativos al relacionarnos con personas que son presa fácil de la ira y la rabia, también podemos aprender de otros cómo acercarnos al Señor. Jesús nos invita a acudir a Él, aprender de Su ejemplo y encontrar el verdadero descanso para nuestras almas.

La pregunta que debemos hacernos es: 

¿Qué preferimos, la amargura o la paz de Cristo? Ambas opciones requieren sacrificio. Mantener la ira puede implicar renunciar a relaciones saludables y dejar de construir un legado piadoso para nuestros seres queridos. 

Por otro lado, buscar la paz del Señor, implica pedirle que nos ayude a dejar nuestras amarguras, derechos personales e insultos en el altar de Su amor, Su misericordia y Su perdón. Si lo hacemos, veremos cómo Él llena nuestro corazón de gozo y paz.

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