16 Jan
16Jan

Entonces dijo: De cierto volveré a ti; y según el tiempo de la vida, he aquí que Sara tu mujer tendrá un hijo. 

Génesis 18:10

En Génesis 18:1-15, nos encontramos con Sara, cercana a los 90 años, mientras escucha por casualidad una conversación entre un misterioso visitante y su marido. El visitante predice que, en el plazo de un año, Sara, a pesar de su avanzada edad, concebiría su primer hijo. Sola probablemente confundida o desprevenida de la situación, Sarah se rió incrédula ante esta idea. Sin embargo, su reacción no pasó desapercibida para Dios, que informó a Abraham de su escepticismo (Gn. 18:13-15). Cuando se la confrontó, Sara negó haberse reído, poniendo de relieve la verdad de que nada, ni siquiera una tranquila mueca de duda, escapa a la atención de Dios.

No era la primera vez que Sara recibía una noticia tan sorprendente. Anteriormente, Dios había informado a su marido, que se acercaba a los cien años, de que daría a luz un hijo llamado Isaac (Génesis 17:15-22). 

Aunque Abraham ya había engendrado a Ismael con Agar, la criada egipcia de Sara, Dios declaraba ahora que el hijo que Sara daría a luz en su vejez estaba destinado a ser el sucesor de una promesa hecha a Abraham: que sería el progenitor de una gran nación (Génesis 12:2-3).

La incredulidad inicial de Sara no impidió el cumplimiento de la extraordinaria promesa de Dios, como confirmó la precisa profecía del visitante. 

Esta narración subraya que los planes de Dios trascienden el escepticismo humano y las limitaciones que puedan ser percibidas en cualquier momento. 

El embarazo final de Sara, tras toda una vida de esterilidad, sirve como poderoso testamento de que nuestro Dios omnipotente actúa más allá de lo que consideramos “imposible”.

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