22 Aug
22Aug

Así que, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es el culto racional de ustedes. No se conformen a este mundo; más bien, transfórmense por la renovación de su entendimiento de modo que comprueben cuál sea la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.
Digo, pues, a cada uno de ustedes por la gracia que me ha sido dada, que nadie tenga más alto concepto de sí que el que deba tener; más bien, que piense con sensatez, conforme a la medida de la fe que Dios repartió a cada uno.

Romanos 12:1-3

La vida está llena de cambios. En nuestra infancia tenemos gustos que se alteran cuando llegamos a la adolescencia. De adultos ya no tenemos las mismas percepciones que cuando éramos jóvenes. Crecemos y nuestra mente se transforma.

Cuando nacemos de nuevo (2 Corintios 5:17), morimos al mundo y nuestra mente mundana también es sepultada. Vemos más allá de lo que nuestros ojos pueden ver, vemos con los ojos del espíritu. 

No estamos presos a los deseos del mundo, sino que buscamos las cosas de lo alto (Colosenses 3:2).
Transformar la mente forma parte del «nacer de nuevo»

Esa transformación es diaria y continua, nos aleja de los viejos hábitos y de las cosas que limitan nuestra mente. Al vivir la Palabra de Dios, nuestra mente se amplía y experimentamos el sentido real de la vida, el amor de Dios.

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