03 May
03May

Porque partiendo de vosotros ha sido divulgada la palabra del Señor, no solo en Macedonia y Acaya, sino que también en todo lugar vuestra fe en Dios se ha extendido, de modo que nosotros no tenemos necesidad de hablar nada. 

1 Tesalonicenses 1:8

En el mundo de hoy, observamos como con fervor, grandes eventos toman cuenta de las emociones de las personas. Cómo una figura deportiva que goza de fama y prestigio, en un equipo profesional, de por ejemplo el fútbol, crea emociones desbordadas en un juego, donde miles aclaman su nombre y animan al equipo a la victoria. 

¿Pero en cuán medida y cuantas veces vemos ese fervor general, en cuánto a una intensidad de adoración, conocimiento y fervor por El Señor Jesucristo?

En la Iglesia primitiva de Tesalónica, su postura fue totalmente contraria a la del mundo actual y su esencia fue el regocijo y la alegría constantes, que reinaban como pilares de un fe sólida y fuerte en el Señor, expresada en la misma o mayor pasión que hoy se expresa por alguien o algo que se presenta como conveniente o medio de fama. Que mayor fervor el del apóstol Pablo al saber que el puerto marítimo de Tesalónica, contaba con el oído del mundo abierto a la Palabra de Dios y todo esto aunado al fervor de los creyentes de Tesalónica, configuraba un maravilloso cuadro para que los viajeros de paso, escucharan el evangelio y lo llevaran a cada una de sus comunidades.

Las sentidas palabras del apóstol Pablo nos recuerdan el profundo impacto que tuvieron los tesalonicenses al “difundir” la palabra del Señor mucho más allá de los muros de su iglesia (1 Tes 1:8). 

No limitemos nuestras expresiones de fe a susurros o espacios reducidos. Más bien, difundamos la gloria de nuestro Salvador con el fervor de un estadio lleno de alabanzas jubilosas. Que la esencia de nuestra devoción sea tan visible y vibrante como nuestro entusiasmo por las pasiones que el mundo desea hoy poner frente a nuestros ojos. Que seamos audaces al declarar no sólo nuestras lealtades, motivaciones u objetivos de la vida en términos de lo que deseamos alcanzar o poseer sino que por encima de todo ello, veamos lo que es más importante, la gracia redentora de nuestro Señor, y Padre, bondadoso, amoroso y misericordioso.

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