10 May
10May

En un mundo donde cada uno piensa solo en sí mismo, la importancia de orar por nuestros hermanos en la fe nunca ha sido tan vital. El apóstol Juan nos enseña en su carta que la oración es un acto de amor y cuidado mutuo. 

Lo expresa en 3 Juan 1:2:

Amado, mi oración es que seas prosperado en todas las cosas y que tengas salud, así como prospera tu alma.
3 Juan 1:2

Cuando acudimos a Dios en intercesión por nuestros hermanos, demostramos nuestra preocupación no solo por su bienestar físico, sino también por su salud espiritual. Nuestras oraciones tocan el cuerpo, y también tocan el alma, nutriéndola con la paz y la gracia de Dios.

La oración es un acto poderoso de conexión con Dios. Cuando llevamos a nuestros hermanos ante Dios en oración, los encomendamos al cuidado del Todopoderoso, aquel que puede sanar, restaurar y bendecir abundantemente.

En nuestras oraciones podemos pedir por la salud física, mental y emocional de nuestros hermanos, y también podemos clamar por su prosperidad en todos los ámbitos de la vida. Que nuestras palabras sean como dulce incienso delante de Dios, buscando no solo el bienestar, sino la verdadera prosperidad que proviene de la íntima comunión con él.

Asumamos el compromiso de orar por nuestros hermanos, recordando siempre las palabras de Juan y el amor que debemos tener los unos por los otros. Que nuestras oraciones sean un reflejo del amor divino que vive en nuestros corazones.

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