13 Oct
13Oct

Para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. 

1 Juan 1:3

En la Biblia se nos recuerda una y otra vez la increíble verdad de que el Dios del universo desea ser nuestro Padre. Anhela tener una relación íntima con todos y cada uno de nosotros, caminar a nuestro lado, guiarnos y amarnos incondicionalmente.

Imagina los valores de un padre perfecto. Uno que esté siempre a tu lado, proporcionándote sabiduría, consuelo y protección. Uno que conoce tus miedos más profundos, tus mayores sueños, y te ama a pesar de tus defectos. Nuestro Padre Celestial es todo esto y más.

Cuando abrazamos a Dios como Padre, adquirimos una nueva perspectiva de la vida. Empezamos a vernos como hijos queridos del Altísimo, que ya no se definen por nuestros errores pasados ni por las etiquetas que nos pone el mundo. Nos transformamos en herederos de una herencia gloriosa, llena de propósito y destino divino.

Conocer a Dios como Padre nos proporciona un inmenso consuelo en tiempos difíciles. Podemos descansar en Sus brazos, sabiendo que Él tiene el control, haciendo que todas las cosas ocurran para nuestro bien. Su amor es inquebrantable, inmutable e incondicional. En Su presencia encontramos consuelo, fuerza y valor para afrontar cualquier reto que se nos presente.

Pero no olvidemos que conocer a Dios como Padre también nos llama a la acción. Estamos llamados a reflejar Su amor y carácter en nuestra vida cotidiana, a ser canales de Su gracia y misericordia para los demás. Al abrazar nuestra identidad de hijos amados, extendamos ese mismo amor y perdón a quienes nos rodean.

Así pues, queridos amigos, regocijémonos en la profunda verdad de que tenemos un Padre Celestial que nos conoce íntimamente y nos ama incondicionalmente. Que este conocimiento nos inspire a vivir con propósito, a caminar en la fe y a compartir Su amor con un mundo que lo necesita desesperadamente. 

Que encontremos nuestra verdadera identidad en Él y experimentemos la plenitud de vida que proviene de conocer a Dios como Padre.

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