21 Sep
21Sep

Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido. 1 Juan 3:5-6

Daniel, de 3 años, acababa de aprender a nadar cuando pisó una madera podrida y cayó a un pozo de 12 metros de profundidad en el patio trasero de su abuelo. Daniel consiguió flotar, a pesar de los 3 metros de agua que tenía debajo, hasta que su padre bajó a rescatarlo. Los bomberos trajeron cuerdas para rescatar al niño, pero el padre estaba tan preocupado por su hijo que ya había bajado por las resbaladizas rocas para asegurarse de que Daniel estaba a salvo. ¡Hasta dónde llega el amor de un padre por sus hijos!

Cuando Juan escribió a los cristianos de la Iglesia primitiva, que luchaban por encontrar el fundamento de su fe mientras las falsas enseñanzas corrían desenfrenadas entre ellos, el apóstol lanzó estas palabras como un auténtico salvavidas: “¡Vean qué grande es el amor del Padre por nosotros, pues nos llama hijos suyos, y lo somos!” (1 Juan 3:1). 

Afirmar que los creyentes en Jesús son “hijos” de Dios expresaba la comunión íntima y legal que validaba la relación de todos los que confían en el Señor. 

¡Hasta qué extremos y profundidades llega Dios por sus hijos! Hay acciones que sólo un padre emprendería por su hijo, como bajar a un pozo para rescatarlo. Tal fue el acto supremo de nuestro Padre celestial, que envió a Su Hijo único para traernos la salvación y acercarnos a Su corazón, devolviéndonos la vida con Él

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