02 Oct
02Oct

En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, Tus consolaciones alegraban mi alma. 

Salmo 94:19

El salmista no sabe cuándo empezó a apoderarse de él la ansiedad. Fue un proceso lento. Pero se notaba la diferencia de un día a otro, de una semana a otra. Cuanto más se multiplicaban sus miedos, preocupaciones y ansiedades, y cuanto más se prolongaban, mayor se hacía su ansiedad. Hasta que perdió todo el control de la situación y cayó bajo el dominio de la ansiedad.

Fueron días difíciles y dolorosos, de intenso sufrimiento. Era una perturbación emocional que parecía indicar la presencia de un conflicto, tal vez causado por la injusticia reinante, la corrupción generalizada, la cantidad despreciable de gente apartada del Señor.

Antes de que la presión se hiciera insoportable, Dios le visitó y le liberó. De ahí su oración de gratitud: “En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, Tus consolaciones alegraban mi alma.” (Sal 94,19).

Lo que ocurrió no fue causado por un cambio externo, sino interno. No fue el mundo el que cambió. El cambio se produjo en el interior: la ansiedad natural fue derrocada por el consuelo sobrenatural. De poco sirvieron los esfuerzos anteriores del salmista. 

Necesitaba la gracia misteriosa que viene del trono de Dios e invade cada rincón de su alma. En el trono que antes ocupaba la ansiedad, la gracia de Dios entronizó la tranquilidad, de cuya existencia el salmista no dudaba. Pues, en el mismo poema, ya se había referido a ella: El que es disciplinado y enseñado por el Señor sabrá cómo descansar en los días de aflicción (Sal 94,13).

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