24 Jan
24Jan

Así que, cualquiera que se humille como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos. 

Mateo 18:4

Cualquiera que haya pasado tiempo con niños pequeños conoce su inclinación natural a ser el mejor, el más rápido o el más fuerte. La jactancia de un niño de ser el corredor más rápido del mundo es entrañable, pero oír lo mismo de un adulto sería desconcertante. A medida que crecemos, la mayoría de nosotros aprendemos a enmascarar nuestra arrogancia.

Esta tendencia humana se refleja en un pasaje bíblico en el que los discípulos de Jesús preguntaron: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” (Mateo 18:1). Su pregunta refleja una competencia infantil por la superioridad. Reflexionaban sobre quién era el mayor entre ellos, cuestionando los méritos de los demás y los suyos propios.

En respuesta, Jesús les ofreció una lección crítica: ninguno de ellos era el más grande. A pesar de su condición de adultos, que les concedía ciertas ventajas legales y sociales, tales privilegios eran insignificantes a los ojos de Dios. De hecho, estos privilegios podían obstaculizar su camino hacia la verdadera grandeza. 

En el reino de Dios, la grandeza se mide de otra manera. Se trata de despojarse del poder y del estatus, y abrazar la humildad y la bajeza, como hizo Jesús (Filipenses 2:5-8). Ésta es la cualidad infantil que Dios aprecia.

Para quienes siguen a Jesús, esta enseñanza es una invitación a renunciar a cualquier estatus mundano y abrazar la humildad y la sencillez. Al hacerlo, podremos descubrir el reino de Dios en nuestra vida cotidiana.

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