29 Sep
29Sep

Y no oyeron ni inclinaron su oído; antes caminaron en sus propios consejos, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia adelante. Jeremías 7:24

En el versículo de hoy vemos, que una de las características de la enseñanza de Jeremías es que diagnosticó la falta de voluntad de arrepentimiento de Israel como una condición firmemente arraigada en el corazón. Dios dijo lo siguiente sobre Israel: “este pueblo tiene corazón falso y rebelde; se apartaron y se fueron.” (5.23); “todos ellos son rebeldes, porfiados” (6.28). De hecho, gran parte de este mal comportamiento se debía a la “dureza de su corazón” (7.24). Jeremías repite esta frase al menos siete veces.

Y puesto que la raíz del problema está en el corazón, Jeremías insiste en que no hay remedio humano capaz de curarlo. Aunque todo el pueblo de Judá se lavara con sosa y abundante jabón, la mancha de su iniquidad permanecería (2:22). Igual que el etíope no puede cambiar de piel ni el leopardo sus manchas, Judá es incapaz de hacer el bien porque está acostumbrado a “hacer el mal” (13:23). 

Puesto que el pecado de Judá ha sido escrito con estilete de hierro y grabado con punta de diamante, no puede borrarse (17:1). Además, el corazón es más engañoso que cualquier otra cosa, y desesperadamente corrupto (17:9). Estas cuatro imágenes ilustran vívidamente el hecho de que no existe cura humana para el pecado. Es como una mancha que no se puede erradicar, como la pigmentación de la piel que no se puede cambiar, como un grabado que no se puede eliminar y como una enfermedad que no tiene cura. Sólo Dios puede cambiar el corazón humano.

Jeremías clama entonces: “Lava tu corazón de maldad, oh Jerusalén, para que seas salva.” (4:14), pero sabe que no puede hacerlo. Por eso espera el día en que Dios establezca una nueva alianza con su pueblo y escriba su ley en sus corazones, como prometió (31:31-34). En otras palabras, les dará un corazón nuevo (32:39; Ezequiel 36:26). Esta promesa se cumple hoy maravillosamente cada vez que alguien experimenta el nuevo nacimiento.

Seamos cada día una nueva creación, nazcamos de nuevo transformando nuestro corazón, un poco más con cada amanecer, y El Señor, poco a poco, hará de nosotros, la mejor versión que Él desea que seamos, siempre para su mayor honra y gloria.

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